CRC Pozuelo Rugby

La mayor escuela de Rugby de Pozuelo de Alarcón

Osos del Pardo, 54 – CCRC  C, 47

Con un tiempo ya claramente primaveral nos veíamos las caras en el flamante nuevo campo de Las Leonas en Vallecas contra el primer equipo de los Osos del Pardo, tercero por atrás en la segunda división madrileña y enemigo a batir en este play-off por el ascenso, ya que éramos los terceros en nuestra tercera división, en la que hemos jugado este año.

Nos consta la predisposición positiva del club para que ganáramos este partido, porque de esta manera conseguiríamos una plaza más de competición para el CRC, de manera que tanto los abundantes suplentes del segundo equipo como la fenomenal hornada que el año que viene ascenderá a la categoría absoluta desde sub18 (subcampeones de España hace 24 horas) tendrían un hueco para tener minutos de juego interesantes en esta segunda división regional. Los viejos formaríamos un cuarto equipo y volveríamos a militar en tercera división, lugar que encaja bien con nuestras habilidades físicas y técnicas.

Pero no pudo ser. A pesar de las enormes ganas con las que salimos a jugar, los balones perdidos por nuestra falta de entrenamiento y coordinación (me refiero a pases malos o a chocar con el contrario y perder el balón en la caída) y los fallos de placaje contra contrarios que se movían mucho más rápido que nosotros hicieron que cada error nuestro lo pagáramos carísimo, con un ensayo en contra.

Para compensar la velocidad de los contrarios (a los que sacábamos entre 20 y 30 años de diferencia) esperábamos haber tenido la ayuda de algunos de los sub23, pero solamente apareció el bueno de Jesús, que pese a su juventud y su peso pluma, es un tío con todo lo que hay que tener, de los que se deja la piel en el campo. En otras palabras, no pudimos contar con la ayuda de quienes deberían haber sido los principales interesados en que hubiéramos ganado este partido.

Y a pesar de todo, el partido fue muy disputado. Es verdad que ellos fueron casi todo el tiempo por delante, pero la máxima ventaja que llegaron a tener fue de 8 puntos y siempre conseguíamos acercarnos. Sus ensayos eran por pura velocidad (eran conscientes de nuestras limitaciones en ese sentido), mientras que la mayor parte de los nuestros llegaron a través de jugadas encadenadas de la delantera, o al menos de juego típico de delantera, con pases cercanos y mucha verticalidad.

A 8 minutos del final por fin les adelantamos en el marcador, y ya solo había que aguantar y defender como gato panza arriba. A trancas y barrancas lo vamos consiguiendo, pero primero se nos cuelan por en medio para conseguir el empate y, finalmente, en un ataque a la desesperada, en la última jugada del partido, consiguen hacer llegar el balón a un ala muy rápido que tenían, se nos va por fuera y terminan marcando. Su pateador acierta la conversión y termina el partido con una derrota por ese ensayo transformado.

La primera sensación es mala. Mientras pasamos por el pasillo con cara de acelga nos escuece el alma y notamos un cierto sabor metálico en la boca que no puede indicar nada bueno. Aplaudimos a los contrarios , a su grada y a la nuestra (por cierto, muchas gracias a todos los que os habéis acercado a animar), le damos la mano al árbitro y cumplimos, por supuesto, con todos los deberes más básicos de nuestro deporte.

Pero la segunda sensación, minutos después y pasado el primer mal rollo de la derrota, es muy buena. Sabe a victoria. Estamos todos juntos, compartiendo vestuario y tomándonos una de las cervezas que ha traído Seta, con el heavy de Patxi atronando en el altavoz y comentando heridas y dolores variados mientras nos quitamos la ropa para irnos a la ducha.

¿Cómo puede saber esto a victoria?

Porque hay que ver en perspectiva qué significa que cada uno de nosotros haya llegado a jugar este partido por el play-off de ascenso de categoría. Hay que tener en cuenta todos los sacrificios que hay detrás, todas las renuncias, todo lo que perdemos por compartir estos momentos con nuestros compañeros. Cada uno intenta jugar sus puntos en casa o en el trabajo de la mejor manera posible, pero al final a ninguno de nosotros nos animan a estar aquí. Más bien todo lo contrario. Nuestras familias pagarían dinero por sacarnos de este hoyo y alejarnos del rugby.

Luego está la parte médica, porque el deporte de competición, incluso en esta tercera división olvidada del mundo, se cobra su precio en forma de lesiones, hematomas, roturas, esguinces, luxaciones, dolores y limitaciones de las que ninguno de nosotros escapamos. Y aunque haya gente que aporta soluciones ingeniosas como César, que se pone un milagroso paño de cocina sobre las heridas de la pierna, o Beto, que sigue vendándose los gemelos como en la primera guerra mundial, lo cierto es que a estas alturas ninguno de nosotros es capaz de levantarse de la cama por las mañanas sintiéndose como una rosa.

Y para terminar, no entrenamos. Ya es notable que sepamos correr con el balón sin hacernos caca encima, pasar y placar, pero se hace milagroso que seamos capaces de encadenar jugadas con una mínima coordinación. Si el dicho de “se juega como se entrena” se cumpliera, estaríamos (más) jodidos.

Por todo esto me pongo a mirar la temporada y la considero una victoria. Una panda de viejos con sobrepeso, nunca demasiados en el acta, con un montón de taras y sin entrenar ha estado varias veces en cabeza de la clasificación y ha sido capaz de llegar a jugarse el ascenso de división contra equipos de gente joven y entrenada.

Puede que (ahora) estemos en esta mísera tercera división, pero todos vosotros tenéis mi mayor respeto. Os lo habéis ganado en el campo.

Por eso quiero volver a veros el año que viene. Ganaremos unos partidos y otros los perderemos, pero lo haremos juntos, como un equipo. Y eso es lo que queda al final.

Diego “tormenta” dice que cuelga las botas. Reconsidéralo. No lo hagas. Te queremos con nosotros el año que viene.

Pato